Esto no tendría nada de especial, sino fuera por que yo soy más de ciudad que los semáforos. Pues allí que aterricé yo en la aldeita. Y, como a uno le han educado para ser cortés, pues eso “Donde fueres, haz lo que vieres”.
Me compré una motosierra para podar mis arbolitos, una carretilla, una azada y, un sin fin de herramientas, a las que en la mayoría de los casos no supe encontrar utilidad alguna.
Yo era la novedad de Villar de Olmos y, ciertamente, todos se volcaron para ayudarme. La amabilidad de los pueblos y sus gentes es realmente mencionable. El alcalde me enseñó a podar mis almendros, Ramón me presentó a todos, y el resto de la aldea me ofreció, sin esfuerzo, todo su tiempo y cariño.
El día de San Isidro, Villar de Olmos celebra sus fiestas anuales. Yo ayudé a pintar la escuela y a limpiar la ermita. Con todo, tenía la sensación de haber recibido mucho más de lo que yo dí. Traté de averiguar como podía devolver a la aldea, parte de lo que recibí, pero no se me ocurría nada.
El día de la verbena, lo ví todo claro. Ahí estaba justo delante de mi.
GIN-TONIC = 2,5 €
No puedo aseguraros cuantas copas me bebí, invité, tiré y regalé, pero con mis aportaciones vía Gin-tonic podrían restaurar la ermita y convertirla en catedral Gótica aunque, a pesar de todo, siempre me sentiré en deuda con las gentes de Villar de Olmos.
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