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Mirad que yo no se puede decir que no esté enganchada a internet. Desde que llego al trabajo y hasta que me acuesto (con breves lapsos de tiempo como lo que tardo en volver a casa o esos momentos en los que me toca hacer la compra) estoy todo el santo día conectada a la red de redes. Y eso que me controlo para que lo primero que hago por la mañana no sea leer el correo electrónico, porque eso ya sí que sería mi perdición. Vamos, que la compañía eléctrica conmigo se forra a costa tan solo de lo que tira mi ordenador. Pero eso de ir de vacaciones y pasarte el día pegado a un móvil sí que no lo entiendo.
Y es que esta Semana Santa me he ido de vacaciones a un lugar paradisiaco (ver más aquí) con playa, algo de sol porque el mal tiempo también ha estado algo presente, y muchas cosas por ver y por hacer. Era el momento perfecto para desconectar de todo, cosa que necesitaba. Y claro, el ordenador me lo dejé en casa.
Después de las primeras horas de abstinencia, todo se me había olvidado al llegar a mi destino y ver que el sol brillaba pero con lo que no contaba era que las tres personas que me acompañaban tuviesen su mano completamente pegada a sus teléfonos móviles, Blackberrys, Smartphones, iPhones o aparatos del demonio, como prefiráis llamarlo.
Bañarse en el mar y que alguien te interrumpa para que le hagas una foto “para subir al Facebook” o que alguien actualice su Twitter contando lo que está comiendo en ese momento es una tortura. Y lo dice una adicta a internet, sí señores.
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