Creo que estoy madurando. Cada vez pienso más como mi madre y, ya considero como propias, frases que creí que nunca usaría del estilo de “lo barato sale caro” (imprescindible pronunciarla con retintín de sabelotodo).
También lo he notado en mis cambios de hábitos. Hubo un tiempo en que me chiflaban las secciones de las revistas que incluían trucos caseros para todo, sobre todo en el sector belleza. Estaba totalmente convencida de que los mejores productos de cosmética se encontraban en mi nevera y que, por dos duros, conseguiría mejores resultados que con las cremas más caras del mercado. ¡Ja! ¿Cómo pude ser tan ingenua? De verdad ¡que nadie lo intente! ¡no os creais nada!
- Mascarilla de yogurt y pepino para la cara. Resultado: chorretones de yogurt y tropezones de pepino por media casa. ¿Cómo se me ocurrió pensar que se iba a adherir a la piel?
- Mascarilla de arcilla para la cara. Resultado: muté de raza, me convertí en piel roja y casi pierdo la epidermis de tanto frotar.
- Mascarilla de huevo para el pelo. Resultado: inenarrable. Solo hay que imaginar la situación, en la ducha, con un huevo en la cabeza y rematando la faena aclarándolo con cerveza (da volumen) y vinagre (da brillo). El pestazo tardó días en irse.
Y, así, podría contaros muchas más. Por suerte ninguno de mis experimentos caseros tuvieron consecuencias a largo plazo. Y, como ya soy mayor y mi tiempo es oro (y lo barato sale caro), dejo que los profesionales cuiden de mi piel y de mi pelo.
Si los laboratorios de cosmética dan trabajo a tanta gente ¡por algo será!
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