Una de mis aficiones tardías es el baile. Madurita y por casualidad, como casi todas las cosas que nos pasan en la vida, me vi bailando, mejor dicho dando unos cuantos pasos y giros, sin morir en el intento, en brazos de un bailarín guapetón. Pese a los esfuerzos e interés de mi queridísimo “profe” y de mi pareja de baile en sacar punto de mi, a duras penas logro mantener el equilibrio sobre mis tacones, consiguiendo con mi piel y mis huesos, únicos adornos de mi cuerpo, arrastrar a tan expertos maestros a situaciones peligrosas y de alto riesgo.
Dudo que con disciplina, tesón y muchísimas, pero que muchísimas horas, lograse mejorar mi patético estilo. Sinceramente, creo que no. A pesar de todo, ¡¡me encanta bailar!! Cuando empecé a bailar, desconocía la parafernalia que mueve el baile. Si no habéis metido las narices, el hocico o como queráis llamarlo en este submundo desconoceréis que, para bailar, es recomendable proveerse de zapatos y vestidos adecuados. Yo lo ignoraba...y ¡así me iba!
Los primeros zapatos de baile, me los regalaron unas amigas testigos oculares de las innumerables desdichas que me ocurrían con los zapatos de andar por casa. Cuando me entregaron tan preciado regalo, les di educadamente las gracias, eso sí, reprimiendo mi espanto y horror. Imaginaros, brillos, destellos y tiras. El color era lo peor, anaranjado, aunque no del todo...En fin, os aseguro que los zapatos estaban a veinte mil leguas de mi gusto personal y decidí que no me los pondría. Unos cuantos tropezones y esguinces, me hicieron cambiar de opinión.
Llegado el día “H", metí los zapatos en una bolsa y ¡a bailar! Con algún que otro amigo bailongo, he comentado el asuntillo de los zapatos de baile... El tema nos ha servido para reírnos a carcajadas... A esos primeros zapatos le han seguido muchos, cada cual más hortera que el anterior. Os lo confieso, cada vez me gustan más los brillos, oros y plata, ahora ya no puedo vivir sin ellos ¡¡Me encantan!! Así es la vida.
¡Qué deciros de los vestidos!...Pensándolo, ¡me río!. Si hace unos años me hubieran vaticinado, que a mis añitos, me compraría un vestido en función del baile, les hubiese tachado de locos. Al principio -je..je...ahora a veces también-, mi pareja de baile se desesperaba...o la falda era estrecha y no daba de si para dar pasos largos, o el cuerpo me impedía subir los brazos, o las pulseras molestaban, o los pendientes se los clavaba...En fin, miles de anécdotas que, poco a poco, con dosis de buen humor y paciencia por parte de mi partenaire, he ido corrigiendo. De todas formas, no encuentro mi estilo en esto de los trajes de baile... ¿Qué cuál es mi estilo? Cual va a ser, ¡el glamouroso, con encanto, cómodo, imposible, único, original...!! En fin, sencillito....¿Os animáis, alguna de vosotras, a diseñarme vestidos?
Una cosa es cierta, en el baile he encontrado gente maravillosa.
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