La frase no es de ningún necio ingenuo, sino de un genio: Einstein. Y si Alfred lo dijo, por algo será.
La información, o sobreinformación, nos desborda. Salgo a la calle y entro en un bar a pedir un expreso. Dos chicos a mi lado discuten en la barra sobre las consecuencias del plutonio y la yodina en el planeta con tal convencimiento que me pregunto si no pertenecerán a la OIEA (Organización Internacional de la Energía Atómica). Subo en el ascensor y una pareja comenta acaloradamente los motivos de la guerra en Libia y las intenciones ocultas del gobierno estadounidense para desviar la atención sobre la situación alarmante en Japón. Tenemos tanta información que de repente parece que el mundo se ha llenado de expertos en todas las materias, en las áreas más recónditas.
La información, o sobreinformación, nos desborda. Salgo a la calle y entro en un bar a pedir un expreso. Dos chicos a mi lado discuten en la barra sobre las consecuencias del plutonio y la yodina en el planeta con tal convencimiento que me pregunto si no pertenecerán a la OIEA (Organización Internacional de la Energía Atómica). Subo en el ascensor y una pareja comenta acaloradamente los motivos de la guerra en Libia y las intenciones ocultas del gobierno estadounidense para desviar la atención sobre la situación alarmante en Japón. Tenemos tanta información que de repente parece que el mundo se ha llenado de expertos en todas las materias, en las áreas más recónditas.
Yo, sin embargo, soy cada día más tontita...
Incapaz de comprender la magia que se esconde detrás del funcionamiento de una simple radio (no digo ya ipod, MP3 u ordenador portátil), me pasmo ante el bombardeo informativo. Soy incapaz de procesar tantos datos. ¿Cuánta verdad hay en todo ello y hasta qué punto nos creemos lo que nos dicen? Porque está claro que nuestra ideología, nuestros valores, nuestras opiniones, están fundadas en las cosas que vamos leyendo, oyendo, absorbiendo…
Hablamos de la energía nuclear, la guerra civil en Líbia, las revueltas en Egipto o la crisis en Portugal como verdaderos eruditos y lo cierto es que, la gran mayoría, no tenemos ni la más remota idea de lo que está pasando. Somos como cacatúas, loritos repitiendo la cantinela que vamos oyendo por todas partes, sin sabe realmente lo que está ocurriendo.
¡Cuánta razón tenía Alfredito! Cada día sabemos más y entendemos menos. Por algo fue genio…
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