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Una de perros y niños

Todo empezó con Sisí catorce meses atrás. Llegué a casa de mi amiga Ana, con la actualmente vivo, y además de su hija Milagros, me vi compartiendo vivienda con Sisi, su perra. Sisí es viejita. No está para muchos trotes la pobre. Además de enferma, chochea. Se va haciendo pis por todas partes y apesta. Es una perra chiquita, color paja dorada, tranquila, probablemente porque está cansada y enferma. Busca afecto y todos la huyen, porque se rasca sin cesar, tiene heridas que supuran y la suma de todos estos factores no incitan a acariciarla.

Poco después, apareció Marlin, a quien yo siempre me dirijo con el nombre de “Bichito”. Cachorro labrador, a quien recogieron de la calle siendo un “bebesito”, como dice Claudia. Estaba aterrado y salía despavorido al toparse con cualquier otro ser vivo. ¿Qué le habrán hecho a mi bichito para que reaccione así? Pero Bichito es ya todo un mozo y se ha convertido en el terror del vecindario. Cuando abrimos la verja de la casa sale despavorido a todo trotar y horripila a quien se cruza, ya que aunque no hace nada, salta y a sus 13 meses es todo un semental hecho y derecho digno de todo respeto.

El lunes volví de vacaciones y me tope con dos nuevos okupas en el jardín. Un rottweiler negro y uno de “ni chicha ni llimoná”, canijo y feo, independiente, así que no molesta. El encuentro se dio a las 5 de la mañana mientras yo intentaba despertar a la asistenta de la casa y los perros montaban un gran algarabío que despertó sin duda a todo el vecindario. Sí, sí, vecinos…. He vuelto, ejem, ejem… Pero son temporales: están de paso. El domingo sus dueños pasaran a recogerlos tras su regreso de vacaciones.

Hoy es sábado. Desciendo las escaleras y me dirijo a la cocina. Los niños están alborotados. Todos gritan, ríen… ¿qué diantres pasa? Entonces lo veo: es Pancho, nuestro último mohicano. Tiene tres meses, el pelo negro y es para comérselo. Al igual que Marlin, es un labrador. De momento, no se soportan (mi Bichito está celoso), pero se le pasara. Todo lleva su tiempo…

Así que la familia crece. En catorce meses hemos triplicado el número de canes (sin contar los miembros temporales) y el número de niños en la misma progresión. Al principio fue solo Mila, pero después vino Esterline y recientemente, Zanobi.
¿Quién aparecerá mañana? Todo es posible. Por si acaso, le pido al hada de los deseos inverosímiles y extraordinarios quien aspiro a que surja y se presente en mi vida… ¿Me concederá el deseo? Jaja. Estaría bueno…

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Desgracias para algunos, oportunidades para otros

Leo en el periódico que los rebeldes libios rechazan el despliegue de cascos azules de la ONU. Metida por motivos profesionales en temas de cooperación y estabilización de países en crisis, la noticia me sacude de pleno.

En la cafetería no se habla de otra cosa. ¿Cuándo se abrirá la misión en Libia? Los rumores se suceden vertiginosamente. Las fuentes son diversas y variadas y en muchas ocasiones, contradictorias. Empiezan los movimientos estratégicos, las alineaciones, los cotilleos, los dimes y diretes, las apuestas… El panorama está que bulle.

Mientras el Consejo de Seguridad desbloquea millones de dólares depositados por el gobierno libio en Reino Unido y Estados Unidos, mientras la OTAN intensifica los ataques en la zona central costera de Libia, mientras se intenta descubrir el paradero desconocido del dictador y aparecen noticias de asesinatos en masa, mientras el país está en las puertas de verse completamente desabastecido y millones de personas han sido desplazadas…, mientras sucede todo esto, siempre hay quien saca ventaja de ello. Están los que, a costa de vender cantidades de armas en los mercados negros de Oriente Próximo, se están forrando los bolsillos. “A la ocasión la pintan calva”. Y veremos cómo se reparte el botín suculento del petróleo libio.

A niveles distintos y sin necesidad de infligir ningún daño ni cometer ningún atropello al prójimo, el universo laboral de Naciones Unidas se moviliza. Y es que, como cualquier otra empresa, sus integrantes son personas humanas con maridos y mujeres, con hijos, con preocupaciones económicas, con problemas… Dicen que la iglesia no está formada de curas, sino de hombres. Lo mismo las organizaciones humanitarias. Los cooperantes, como los sacerdotes, son personas humanas de carne y hueso, con inquietudes, dudas, preocupaciones, problemas… ¡La de personas que viven a costa de los problemas políticos y la inestabilidad social en otras partes del mundo! – me digo. Cientos de miles: policías, militares, civiles, voluntarios, médicos, locales, becarios… Hay de todo en las viñas del señor. Quiero pensar que, pese al egoísmo personal intrínseco en cada uno de nosotros, los deseos de ayudar al prójimo y hacer del mundo un lugar un poquito mejor prevalecen para muchos. Espero no equivocarme. Camus dijo una vez "Cuán duro, cuán amargo es llegar a ser hombre." Supongo que algo de cierto hay en ello.


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El superhéroe americano

Negro como el ébano y unos músculos descomunales de muchas pesitas, discos y demás objetos propios de halterofilia. Casado, con dos hijos y 52 años, aunque aparenta diez menos. ¡Ni una puñetera arruga, oye! ¿Cómo lo hará? – me pregunto frente al espejo, observando, con 17 tacos menos, la huerta que me está creciendo en la cara (por los surcos que la atraviesan, más que nada…).

No bebe, no fuma, no sale, no comete excesos. ¿Será eso? Militar de carrera, lleva seis años trabajando en una misión de paz, aunque ahora como personal civil. Llega a la oficina a las 5.30 de la mañana, casi antes que los guardias de seguridad, y se va a las 9 de la noche. La base logística es su vida. Allí desayune, come, cena, hace deporte, trabaja, ve las noticias, habla con su familia por skype y allí empieza y acaba su vida social. Es hablador, con voz de presentador de telediario, grave, y muy sonriente. Saluda absolutamente a todos, especialmente a las mujeres y me cuesta entenderlo debido a su acento americano que no consigo descifrar adecuadamente.

El otro día me contaba que en seis años no ha ido a la playa. ¿Cómorrrrrrrrrr? ¿Estás loco? – le digo. No, no tenía con quién – contesta, ofreciéndome ir juntos. No puedo creerlo. Hablas con las piedras, charras por los cuatro codos y ¿no tienes a nadie para ir a la playa? No te creo. Y entonces puntualiza que no ha tenido la buena compañía. Mis amigos son todos unos borrachines y mujeriegos – me dice. No me interesa ese tipo de salidas.

La verdad es que hay gente curiosa por estas latitudes. Esta mezcla de ser social y a la vez solitario me tiene confundida. Seis años sin cambiar una sola coma en sus tareas diarias. Sea o no festivo, no altera su rutina. Siempre lo mismo. Siempre. Día tras día. La friolera de seis años. Fiuuuuuuuuuuuu… Dos mil ciento noventa días. ¡Cáspitas! O también con “c”, aunque menos pulido… ¡¡¡Collonssssssssssss!!! ¿No se aburre, no se deprime, no se siente solo…? Me asaltan las preguntas. Me tiene intrigada. Tengo que investigar más. Como persona y como ser humano, me tiene anonadada. Lo de siempre: que en la variedad está el gusto.


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Martes: ni te cases ni te embarques

Ayer regresé de viaje. De negocios, no de placer. Me encanta la coletilla “de placer” en los viajes. Significa que no es que uno se vaya de turismo, ni para asistir a un evento cultural, ni para visitar a la familia…, sino que uno sale de su ciudad para disfrutar, para gozar, para hacer lo que le salga en gana y le reporte felicidad. ¡Qué expresión tan acertada! Volviendo a donde estaba, yo me fui por trabajo a otro país. Cinco días, con fin de semana de por medio. Visto y no visto. Pasó en un periquete.

Regresé al punto de partida hecha un ectoplasma. Durmiendo apenas 3 horas (justo la noche anterior me desvelé, ¡vaya por Dios!), me levanté renqueante y con mucha hambre (cosas del insomnio…). A las 4.50AM (¡no son horas decentes, querido!), me recogió Richard en casa para ir al aeropuerto. Pretendía dormir, pero Jose, guatemalteco y dicharachero como pocos he conocido, no arreció un segundo sin dejar de soltar palabra. ¡¡¡Joooooooooooooseeeeeeeeeeeee, cierra el pico, cotorra!!! Yo solo lo abría para decir: “Tengo hambre, tengo mucha hambre”.
Una vez en el aeropuerto, embarcamos nuestras pertenencias y nos dirigimos atropelladamente…. NO, no al control de seguridad (que odio porque me hacen quitar las sandalias, incluso las extra-extra finas. ¿Pero qué carajo voy a esconder en ellas? – me pregunto), sino al Coffee shop. Baguette de salami (en mi pueblo también conocido como bocata de salchichón) y un cappucchino para mí, mi amor. Jose paga. "Así me odias un poco más" – me dice. Y yo me zampo en un santiamén el ágape.

7AM. Despegue de SDQ. El piloto, un rubiales de ojos azules de lo más divertido, nos entretiene con la siguiente explicación: Las salidas de emergencia, una a la derecha y la otra a la izquierda y bla bla, bla… (el bla, bla, bla es literal) (…). Abróchense los cinturones y bla, bla, bla… El botiquín médico bla, bla, bla… Total: nadie me escucha... – dice y da por finalizada la cháchara. ¿De dónde eres? – le pregunto. ¿De dónde crees que soy? Con ese acento cerrado que tienes al hablar inglés….¿español? Se ríe. Te doy una segunda oportunidad. ¡Chino! – replico (la falta de sueño me está afectando y solo digo tonterías). Sudáfrica – responde.


¡¡¡¡Uuuuyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!!!! Caaaaaaasi. Por los pelos….
7AM. Aterrizaje en PAP. Un nuevo día empieza. Aunque pensándolo bien, el mío empezó hace 7 horas. Me despido de Jose (te debo un bocata, Piquito de Oro), me despido del sudafricano (¿viste que hice caso a tu bla, bla, bla y no abrí la compuerta de emergencia en pleno vuelo?) y me dirijo a la oficina.


Martes: ni te cases ni te embarques.




Yo ya embarqué. ¿Será lo próximo la boda?





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Mi amigo JC el cubano

Su pasión es volar. Fue piloto militar en Cuba, hasta que se lo prohibieron. El motivo fue político: su madre y hermana dejaron el país y como castigo por estar emparentado con enemigos del régimen, le quitaron su licencia y le cortaron las alas. Su carrera militar al garete. No le quedó otra que escapar, huir él también.

Junto a su padre, vivió un año en España. Pidió asilo político, pero no se lo concedieron. Así que se encontró atrapado en nuestro país, sin papeles y trabajando de lo que pudo. Estuvo un año y al final, decidió salir rumbo a Canadá. Con pasaporte falso y con su padre a su vera, aterrizaron ambos en Montreal. Your passport, sir? I don´t have any, dijo en su mejor inglés. Y así fue como llegó a Canadá, obtuvo la residencia (aparentemente mucho más fácil que en nuestra península ibérica) e inició una nueva vida.

Se casó con otra refugiada, rusa ella, y tuvieron dos hijos, si bien uno no fue suyo. Trabajó de todo, principalmente en limpieza y transporte, pero nunca pudo retomar el vuelo de nuevo, su verdadera pasión.

Yo lo he conocido en el Caribe, donde trabaja en la sección de “Control de Movimiento”, que se encarga principalmente de toda la operativa logística de vuelos, transporte de pasajeros y cargo. Al menos estoy cerca de los aviones, de los pilotos, de mi pasión, de mi vida… - me dice. Y puede que algún día pueda volar de nuevo.

Cubano, exiliado, piloto, ex-militar, enemigo del régimen castrista, trabajador empedernido, responsable, hombre afable, de ojos de color miel y que baila, como buen cubano, como los ángeles. Risueño, de sonrisa fácil, amante de la comida y de cocinar. Tranquilo… Ojalá cumplas tu sueño, querido.

Hay personas que tienen que luchar mucho por salir adelante en la vida. No es justa… La vida, cuánta verdad, no es nada justa. Pero JC sigue adelante, bailando, cocinando, riendo y embarcando a pasajeros a sus respectivos destinos. Si hay Dios, me digo, algún día le permitirá volar de nuevo. Sueño con ello.

Image Source | Quirry Flickair



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Qué difícil es ser mujer


La semana pasada volvió mi amiga Kenia de vacaciones. Te he traído un regalito - me dijo. Te lo doy luego en la cafetería. Y yo, sin poder contener mi emoción, acudí ansiosa a mi cita de mediodía. No, me advirtió. No lo abras aquí en medio de tanta gente. Y entonces supe porqué.

Se trataba de la nueva copa vaginal para la menstruación de la que tanto me ha hablado. Es ecológica, de silicona, ajustable, reutilizable, no produce el STC (síndrome del choque tóxico) asociado a los tampones, puedes llevarlo hasta 12 horas... En fin, ¡toda una revolución!

Anoche, ni harta ni perezosa, me decidí a probarlo.

Fase A. La operación para ponérmela fue sencilla, pero nunca imaginé que se complicaría tanto la salida. “Todo lo que entra, sale” me repetía a mí misma hoy a las 5AM, hora a la que me he despertado para hacer el primer intento de retirada en la bañera, por si se armaba una buena zapatiesta... Pero la máxima parecía no cumplirse.

A las 5.30AM y presa de un ataque de pánico llamo a mi amiga. “¡¡¡que no sale, oye…!!!!”, quien me da las instrucciones pertinentes: posición adecuada, dedos a utilizar, “truquis” de cliente amateur… Todo consejo en bueno para una novata como yo. Pero no. Tras numerosos intentos, la copa sigue dentro. Consigo tocarla, pellizcarla, pero no…, nada de nada. No hay manera de sacarla.

Fase B. Casa de amiga, la usuaria avanzada. Llamo al dispatch, que llega tras una hora de espera, la que paso haciendo sudokus (todos mal, por cierto, pese a que hago trampas y miro la solución) para distraerme y no pensar en lo que llevo dentro. A las 9AM me planto en su puerta. Y ahora es mi amiga la que se pone manos a la obra. La situación es esperpéntica. Nos entra la risa. ¿Río o lloro? ¿Qué hago espatarrada en manos de Kenia? Dios santo, lo que no me pase a mí… De nuevo a la bañera. Con gran pericia, mi amiga se aplica con máxime concentración en la extracción. Consigue moverla. Dejamos la bañera hecha un cisco, pero nada… La “cosa” sigue dentro y a mi amiga le entran arcadas. ¡¡¡¡¡Me quiero morirrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!!!
Fase C. El profesional. Llamo a mi gran amigo de toda la vida Carlos, al que conocí el viernes. Necesito el teléfono de Eric, el ginecólogo, ¿me lo puedes dar? le digo con tono airado y el estrés se puede sentir en cada sílaba. ¿Estás bien? – me pregunta. Sí, tan solo tengo una cosa en el coño (sé que no es "fino", pero es lo que digo) y necesito que alguien me la saque. Eric duerme a pierna suelta y no responde. Pero Carlos se apiada de mí y viene a buscarme. Al hospital argentino. Tras narrar mi aventura a todo el personal que por ahí se hallaba (les amenicé el día y se morían todos de risa), aparece la doctora. Con ayuda de diversos artilugios y unas pinzas, saca la copa dichosa, que estaba adherida como una ventosa en mi interior. Aaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhh. Por fin... Me siento liberada. Más liviana.

11AM. La operación ha durado 6 horas, ni un minuto menos. La verdad, después de ésta, lo tengo claro. Adoro los tampones. Fiel hasta que me muera, sea de STC o no.



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15 de agosto

El lunes es 15 de agosto. Es un día importante: es el santo de mi hermana (que no se me olvide, apúntatelo Pelotibus, y le llame para felicitarle), es el día de la Independencia de India (a ver si me paso por el batallón indio y lo celebro con un atracón de chapatis) y no por último lo menos importante, es festivo en el trabajo. ¡¡¡¡¡¡¡Hip hip HURRRRRRRRRRRRRRRAAAAAAAA!!!!!!

No sé lo que me ocurre últimamente que ansío el fin de semana como agua de mayo. No es que los días pasen lentos (porque vuelannnnnnnnn, señoras y señores…), sino que llego exhausta al viernes. Cansancio mental, principalmente. El físico, casi lo agradezco, ya que cuando estoy reventada, caigo en la cama y no tengo fuerzas ni para pensar. Hoy no solo llegué a mi límite, sino que lo sobrepasé. Mañana movidita. Muchos correos, muchas personas en la oficina, aguantar el rollo (bueno, rolllllllllllllllazo) de uno que necesitaba hacer terapia, el cabreo de una amiga, las preguntas de otro tipo (que por más que le diera respuestas, ninguna le convencía: “salta de un quinto piso” – me faltó por sugerirle, aunque no por falta de ganas). A las 12 vino otro, con el que tengo un poco de confianza. ¿Me puedes pasar tal papelito? Y sin poderlo evitar, lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Lo dejé patidifuso, claro. Vamos a dar una vuelta, me dijo. Y con él atravesé el umbral y me planté bajo el sol abrasador y 40 grados de temperatura. ¿Estás seguro que es una buena idea dar paseitos en estas circunstancias?

Hoy se me fue la sonrisa. Cosas que pasan… Yo también soy humana, aunque en ocasiones, de tanto nadar contra corriente, me digo que más bien parezco marciana. O idiota simple y llanamente.

Mañana es viernes. Llega el ansiado puente. Y dentro de menos de un mes, las todavía más ansiadas vacaciones. ¿Será eso la vejez, el puro hastío y desinterés del suceder de los días? No, idiota (pienso para mí); tan solo estás estresada.

En fin, no desespero. No es todo negro. A lo lejos, no tan lejos (para no ser “siempre negativa, nunca positiva” como diría Van Gaal) hay luz, o luces. Procuro pensar las cosas buenas del día:
- Me encontré con un encanto del trabajo que me invitó a cenar (aunque como siempre le dije que no, que no quiero complicarme la vida…);
- Fui al retrete (para la mayoría nada del otro mundo, pero en mi piel, últimamente, motivo de celebración);
- Me compré el billete para mis próximas vacaciones.
- Fui a correr con el ipod a máximo volumen y llegué a meta sin que me estallasen los tímpanos (toda una proeza digna de mención).

En fin, que siempre hay luces… Y viernes… Y puentes…

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Emilia

Nos tiene paralizados a todos. Ha acaparado toda nuestra atención. No por sus encantos de mujer fatal, no por su atracción ni por su poder de seducción; no por su físico, ni su manera de pensar…

Emilia (Emily en su versión inglesa) es el nombre de la tormenta que se aproxima a las costas caribeñas. Acostumbradas estas latitudes como lo están a recibir en sus costas tormentas, huracanes y otros allegados, decidieron llamar a sus huéspedes, a lo largo de año, por orden alfabético. La Organización Meteorológica Mundial tiene 6 listas de tormentas tropicales que se repitiendo cada seis años. En lo que va de 2011 ya han pasado Arlene, Bret, Cindy, Don y desde ayer, estamos esperando a Emily. Alerta máxima. Solo el personal crítico tiene permiso para ir a la oficina. Riesgo de lluvias intensas, viento. Tormenta tropical hecha y derecha. Durante dos días no se ha hablado de otra cosa. Se han extremado las medidas de seguridad, se han abastecido las casas de agua y comida para varios días, llenado los generadores de gasolina. Los más cautos, hasta tienen a punto la maleta de 15 kilos para salir corriendo en un periquete.

Ha habido viento fuerte, cierto, aunque tampoco tanto. Y poco más de dos gotas de lluvia. Al final, y como siempre que se toman todas las medidas, nada ha ocurrido, dicen muchos. Y de eso, precisamente, se trata. En un país donde caen tres gotas y las calles se convierten en ríos caudalosos que arrastran basuras, animales, ciclomotores y vehículos de más envergadura y todo lo que se ponga por medio, ¿no es maravilloso que no haya pasado N-A-D-A? Los campos de refugiados siguen intactos. De esta hecatombe, por ahora, se han salvado. Los plásticos de las tiendas no aguantan precisamente, con estoica firmeza, los embistes de la madre naturaleza cuando se desata con todas sus fuerzas.

A partir de 39 millas por hora a toda tormenta tropical que se origina en el océano Atlántico se le da un nombre. Si alcanza las 74 millas por hora, pasa a considerarse huracán. Emily se queda en tormenta tropical de poca monta. Yo y muchos otros, estoy segura, recordaremos su nombre. Lo que pudo ser y no fue (y dando gracias…).

Mañana se retoman los vuelos que se cancelaron. La vida vuelve a su curso normal. De esta nos hemos librado.


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Aburrida

Trabajar, correr, comer, leer… ¡Qué aburrimiento, qué hastío, qué monotonía! Todo es siempre lo mismo. Tranquila en el plano emocional, pero más aburrida que una ostra en el cotidiano. Y es que es todo lo mismo. Las mismas caras, las mismas conversaciones, los mismos sitios… Las cosas se repitan una y otra vez. ¿Seré yo la responsable? ¡Sin duda!

Me despierto a las 6AM. Desayuno (siempre y cuando hay gas en casa –desde el miércoles no hay butano y nadie se digna a comprarlo) y a las 6.40AM pasa Robert a recogerme en su furgón. Rodamos cuesta abajo dándonos mamporrazos contra los cristales y a las 7AM me apeo en Delta Camp, cerca de la embajada americana. Espero pacientemente bajo el sol abrasador (que pese a ser las 7AM, abrasa…, ¡lo juro!) que llegue otro coche, el de alguna cara conocida. Los vehículos son de lo más variopinto: 4x4, furgones, autobuses, camionetas, camiones… Por haber hay hasta tanques blindados, si bien por ahora nunca me subí en uno de ellos. Ni ganas, la verdad.

7.30AM. Tras identificarme en la puerta de acceso, desciendo en Log Base. 200 metros y alcanzaré mi oficina. Me oculto en vano tras un dupatta de los rayos que, sin piedad alguna, acechan. Da lo mismo: traspiro tanto que mi tez se llena de brillos y agüilla, composición casera de sudor y crema hidratante diurna.

La franja entre las 8AM y las 6PM pasa en un periquete. Llamadas, mensajes, uno que entra en la oficina echando pestes, el otro que se aburre y viene a contarme su vida, un tercero que se debate entre el sí y no y pretende que yo le resuelva sus dudas existenciales…, impertinentes sabelotodo que, con aires de grandeza, avasallan con peticiones absurdas… ¡Una locura! La sonrisa con la que llegue esta mañana se ha disuelto y no hay rastro de ella.

A las 6PM, sí o sí, salgo a correr por la base. Es el mejor momento del día, el atardecer, la puesta de sol. El cielo está oscureciendo y me deleito ante el espectáculo de ocres, naranjas, rosados y rojizos que se divisa en el horizonte. Con la música vibrando a todo volumen en mis tímpanos troto de un lado a otro, durante aproximadamente 40 minutos.

8PM. Subo al dispatch para volver a casa. Golpes, baches, música kompa y conversaciones en creole resuenan en mis orejas.

9PM. Recién duchada, ceno, leo un rato y…, al poco rato suena el despertador y otro día empieza. NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO... Voy a tener que echarle algo de picante a mi vida, porque empieza a ser muy aburrida.

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Desternillándome

Anteanoche empecé un libro que me tiene desternillada. El autor es David Safier y la novela se llama “Maldito karma”. Tan solo llevo 5 capítulos, pero mi mandíbula bate a máxima potencia. Sin ser muy forofa yo de los libros cómicos, he encontrado en éste la horma de mi zapato.

Capítulo 3. Kim, la protagonista, recibe un premio, estilo Oscars de Hollywood. Se levanta eufórica de la silla y entregada a los aplausos, no oye el “rrrrrrrrrrrras”. Camino del escenario empieza a oír risitas. Primero una. Luego, la segunda. Y la tercera. Al llegar al podio se da cuenta que el vestido se ha roto y lo peor que, para caber en el vestido, no se había puesto bragas. Copio literalmente:

“Estaba enseñando el culo a mil quinientos famosos!
¡Y a treinta y tres cámaras de televisión!
¡Y a seis millones de espectadores frente al televisor!”

Tengo que cerrar el libro porque me entra un ataque de risa. Jajaja. Me pongo en la piel de Kim y no puedo evitar carcajear. O dejo de reír o moriré asfixiada. Decido parar. ¿Y es que quién no se ha visto alguna vez en una situación parecida…?

Recuerdo aquella ocasión en la que mi hermana, ufana ella con sus pantalones de patchwork de colores, salió del aseo de un bar. Todos la miraban. “Uyyyyyy…. ¿qué pasará hoy? Es cierto que soy irresistible y encantadora y que allá por donde paso, arraso…, pero ¿tannnnnnnnnnto, tannnnnnnto?”. Y palpándose el trasero con la mano, descubrió el pastel, al sentir la piel en la punta de sus dedos. “¡Tate! Voy con el culo al aire”.
Si a David Beckham se le escapa un “cojoncete”, ¿qué no nos pasará al resto de los mortales? Anécdotas hay muchas. Pienso en la playa. Entro en el agua. Hay oleaje. Jijiji, qué divertido – me digo. Olita va, olita viene… Y en una de ésas, tras rodar varias veces bajo el agua, encuentro finalmente el camino a la superficie. Sonrío victoriosa. Me froto los ojos para quitarme el agua que queda en ellos y descubro, atónita, que los demás ríen todavía más. No solo enseño medias posaderas, sino que he perdido la parte de arriba del bikini.

Estoy deseando retomar mi libro. ¿Cuánto falta para llegar a casa?



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Cretino a la vista

7.15AM de la mañana. Llego a la oficina temprano. He tenido suerte y los enlaces de los diversos transportes que tomo para llegar al trabajo han sido rápidos. En menos de 35 minutos me planto en la entrada. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡Bieeeeeeennnnnnnn!!!! – me digo. Tendré tiempo para encender el ordenador con calma, ojear el periódico online, mirar mi correo personal y abrir el del trabajo sin prisa, pero sin pausa… ¡Ja! Pues sí que andaba yo errada…

Abro Lotus y aparece un nombre: William. ¡Ah, no! – me digo. ¿Qué querrá ahora? William es un tipo que trabaja en la misma organización que yo, con la estrella de que estamos en ubicaciones diferentes y nunca he tenido el placer de tratarlo personalmente, excepto por unos cuantos intercambios de misivas oficiales.

Ya desde el primer día me cayó gordo, como un peso plomo. ¡Menudo subnormal! – pensé. Hay que ser gili…y se me ocurren mil cosas. Recurriendo a las enseñanzas que mi progenitora y amiga me inculcó desde pequeñita, decido respirar hondo y contar hasta 10 (que se hace eterno, lo juro) y no decir nada. Incluso le digo (imbécil de mí) que disculpe si en algo lo he ofendido. Ni contesta el muy idiota. Aggggggghhhhhhhhhh. Pero sigo en mis trece (que ya no son diez): 1-2-3-4… y la cuenta sigue.

Intrépida yo, abro su correo y ¡bingo!, entro al trapo. Decido llamarlo. Alooooooooo – digo en tono falsete. ¿William…? Soy Fulanita de la oficina de tal y cual. El muy cretino (llevo cuatro párrafos pensándolo y conteniéndome, pero no aguanto más) se lanza a mi yugular. 1-2-3-4… inspiiiiiiiiiiiiira, expiiiiiiiiiiiiiiiira, inspiiiiiiiiiiiiiiiiira, expiiiiiiiiiiiiiiiira. Consigo soportar estoicamente sus impertinencias. ¿Pero realmente debo…? Me asalta la duda.

Sea como fuere, hoy he logrado no sacar los pies del tiesto y no devolverle un derechazo en plena mandíbula, que francamente se lo merece. Recuerdo que mi madre me repetía sin cesar cuando era pequeña y dejaba estallar mi ira como una granada: “Si tenías razón…, la has perdido”. Y cada vez que voy a arremeter contra mi oponente virulentamente, me viene la frase a la memoria.

El pobre William no ha tenido la suerte de tener una mamá como la mía y la vida, las circunstancias o una simple predisposición genética le han llevado a convertirse en un ser miserable, mezquino, maleducado, impertinente y cretino. Pensándolo bien, hasta me da pena. ¡Qué horror vivir con uno mismo siendo así!

Aunque Dios aprieta, pero no ahoga. Al cabo de una hora entra Flavio en la oficina y se deshace en halagos por nuestro trabajo. Una de cal y otra de arena. Supongo que la realidad no es ni una ni otra, sino un término medio. ¡Pero qué fácil serían las cosas sin los Williams-cretinos de turno…!

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La mamá de Greg

Conocí a Greg un embarazo atrás (hace 9 meses), en el trabajo. Pelotibus, Greg. Greg, Pelotibus. Y supe en ese preciso instante que, como en Casablanca, era el inicio de una buena amistad.

Nos separa la nimiedad de 31 años, pero poco importa. La edad no es una barrera. Es amable, tranquilo, educado, sonriente, sereno y por algunos misterios de la vida, me gustó desde el primer momento.

Todas las semanas teníamos una cita en el bar de un hotel. Quedábamos en la recepción a las 7 de la tarde para compartir, entre confidencias y confesiones, una botella de vino y un buen mendrugo de queso. Él es, sin duda, la persona con la que más he hablado y discutido recientemente. Mi confesor, mi amigo, la oreja siempre dispuesta a escucharme y a asesorarme con su buen criterio.

Hace una semana fue su cumpleaños y lo que en principio iba a ser una cerveza en el lobby, acabó por convertirse en una fiesta sorpresa, con tarta inclusive. No lo esperaba y pude entrever la emoción en sus ojos cuando soplaba las velas. Estando lejos de casa como estamos, los amigos lo son todo.

Me han cambiado de oficina, ciudad y país (aunque no de isla), así que se han acabado los encuentros semanales con Greg, si bien seguimos en contacto por teléfono. Hace dos días me llamó. Tengo un problema y me voy a casa – me dijo. Su mamá, de 98 primaveras, está muy enferma y le queda poco tiempo en este mundo. Se va a verla, a despedirse, a darle las gracias por todo lo que le ha dado en esta vida.

Querido Greg, te acompaño de veras en estos momentos difíciles. Corre, corre a su vera y estate con ella en sus últimos días. La vida, para todos, tiene un principio y un fin. Y me alegro que ella, por lo que me has contado, haya tenido una buena vida y la haya disfrutado. Ves y vuelve. Yo te estaré esperando con dos copas de vino y un trozo de queso en esta parte de la isla, para que podamos seguir conversando y brindando por la suerte de poder disfrutar de estos pequeños momentos entre amigos.

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Frecuencia Modulada

Se dice que la gente, con la edad, se hace más selectiva. Se aprende a valorar más el tiempo y sólo se desea pasarlo junto a aquellos a los que realmente se aprecia. Si el dicho es cierto, está claro que estoy envejeciendo.

Considerándome una mujer social, abierta, extrovertida, capaz de hablar con quien sea de lo que sea (diciendo o sin decir muchas barbaridades, según se tercie), habiéndome pasado toda la vida anhelando conocer gente nueva con la que compartir e intercambiar puntos de vista, me descubro hoy por hoy hastiada, cansada, harta de todo y todos, con ganas de rodearme de los amigos de siempre. Quiero poder ser YO, con mis virtudes y mis defectos, no tener que explicar quién soy ni de dónde vengo, no esforzarme por ser simpática, por caer bien, ni tener que sonreír cuando estoy cansada o de mala uva; quiero poder despotricar y hacer terapia cuando lo necesite, sincerarme con aquellos amigos fieles que ni me juzgan ni van a hablar a los cuatro vientos de mi vida y mis problemas. Quizá no sea cuestión de edad, sino de egoísmo. ¿Me miro quizá más el ombligo? Creo que no. Soy más sincera.

No es que no me interese la gente, sino que no me interesa “cierto” tipo de gente y lo que sí que soy es…, menos sufrida. Mártir no, gracias. Masoca tampoco. A la que descubro que mi interlocutor y yo estamos en diferente frecuencia, que sus intereses y los míos son antagónicos y contrapuestos, busco un pretexto, sonrío y me alejo. Que te aguante tu tatatatatatatarabuela, colega – pienso para mí misma. Ni quiero perder mi tiempo, ni hacérselo perder a él o ella. Y me deslizo tímida y sigilosamente hacia otra parte del festejo, reunión, mesa o tertulia.

Comprendo y comparto ahora el sentido del dicho “amigos pocos, pero buenos”…

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El dispatch

Creía que estaba hecha a todo, que soy una todoterreno y que mi vuelta a estos parajes recónditos y perdidos de la mano de Dios era “coser y cantar”; sabía dónde me metía y pensaba que nada me sorprendería. Gran equivocación. Cada retorno es una vuelta a empezar. Puede que no sea partiendo de cero (porque hay cosas que ya sabes), pero las circunstancias cambian. Es como una partida de póker. Por mucha experiencia que tengas, por muchas veces que hayas jugado, nunca sabes qué cartas van a repartirte y si ganarás.

Hoy es el sexto día de adaptación a este nuevo hábitat. Poco a poco… Me siento desorientada, bastante perdida y muy, muy, muy cansada. Salí el jueves a cenar con unos amigos y no sabía cómo reprimir los bostezos. No dejé de mirar el reloj y solo cuando al fin trajeron la cuenta pude sonreír. Caaaaaaaaaasaaaaaaaaaa, caaaaaaaamaaaaaaaaaaaaa, oh, sí…

Esta mañana he llamado a lo que en la jerga laboral se conoce como “dispatch” para acercarme al trabajo. El dispatch es el vehículo comunitario para uso y disfrute de los empleados de la organización. Los conductores son siempre empleados locales del país en el que me encuentro. No tengo coche y no conduzco, así que dependo del dispatch o de otros amigos para mis desplazamientos.

7AM. Riiiing, riiiing. ¿Podría tener un dispatch para ir a la oficina? Al otro lado del auricular alguien balbucea, se queja, me regaña y me increpa por no haberme apuntado en el panel de reservas (aaah… ¿hay panel ahora? Esto es nuevo…), pero consigo que vengan a buscarme. Baje YYYYYYYYYYYYYAAAAAAAAAAA, madame – me dice. Y con la legaña en la cara, vestida a lo trapera, salgo de casa.

7.10AM. Rummmmmmmm, rummmmmmmm. El dispatch que llega. Con apenas un pie dentro de la furgoneta, el conductor arranca. Pierdo el equilibrio, me doy contra el cristal y acabo tirada en el suelo de la parte trasera. ¡¡¡Dios santo………, espere un poco que me voy a matar!!! Pero ni el conductor ni el resto de los ocupantes del vehículo se alteran lo mas mínimo.

Descendemos durante 30 minutos por un sendero lleno de baches. El asiento es de lo más incómodo y en cada badén, la cabeza golpea el techo. Las ventanas están abiertas y el polvo (el camino es de tierra) entra por todas partes. Acabo de ducharme, pero una capa de mugre me cubre ya como una croqueta. El viento me da en la cara y el pelo, que llevo suelto pues olvidé con las prisas coger un coletero, esta hecho una maraña. Imposible adecentarlo. Enciendo mi ipod con la intención de evadirme un rato y recobrar la estabilidad.

7.40AM. Llego a destino. Es sábado y no hay mucha gente en el trabajo. Entro en la oficina, cierro la puerta con llave y enciendo la computadora. Sana y salva. Buffffffffffff. Todavía me queda un buen trayecto hasta que me habitúe de nuevo a esto. Solo una palabra viene a mi mente: VACACIONES.


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You and me


Hoy me he premiado yendo al teatro. Actuaba Michel Camilo, pianista y compositor dominicano de melodías sazonadas con ritmos caribeños y armonías de jazz.

Todo empezó esta tarde en la oficina. Yvonne pasó dos veces por mi despacho, pero ambas me encontró al teléfono. “Vengo luego” me dijo gesticulando. Y luego, efectivamente, volvió. "¿Quieres ir a un concierto de jazz?" "¿Concierto de jazz? ¡Vale!" – dije sin saber quien actuaba.

Tengo el gran defecto de apuntarme a un bombardeo. Casi, casi, casi siempre (siempre está la excepción que confirma la regla) digo SI cuando me invitan a algo. Creo que se trata de una enfermedad de familia, ya que a mi madre y hermana les aflige el mismo mal.

8.30pm en el Teatro Nacional Eduardo Brito. Allí estaré.

Comienza la música y con cada canción me transporto a algún sitio diferente. Es lo que tiene el jazz… La música penetra en tus venas y la mente divaga al son de ella, dejándose guiar. El estreno se llamaba “Mano a mano”. En algunas piezas las piernas se convulsionan como poseídas, ajenas a mi control y siento como si fuese saltar de mi butaca para seguir el ritmo. En otras, las más lentas, lágrimas anegan mis ojos. Recuerdos (buenos, aunque intensos) que me agitan. También hay las que, a golpe de conga, me hacen enloquecer. ¡Dios santo cómo aporrea Giovanni Hidalgo la percusión! ¡Qué velocidad, qué control, qué ritmo…!

Como todo en la vida, una tiene sus preferidas. Mi predilecta es “You and me”. Me llega al alma. Touchée. Y es que si encuentras en la vida un TÚ que te acompañe..., ¿no es maravilloso?

El jueves me he enterado que hay otro concierto: Josean Jacobo & Tumbao en Casa de Teatro. ¡Magnífico! Gracias Yvonne. Veo que me estoy poniendo malíiiiiiiisima y mi mal se agudiza, jajaja.

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Mi amiga K y otros animales

Es dulce, tierna, sensible, de las que escuchan, de las que siempre tienen una sonrisa y nunca sacan los pies del tiesto. Es inteligente y trabajadora y también, una soñadora. Adoro hablar con ella. Tan solo pasé unos meses a su lado, pero bastaron para que nunca la olvidara. Hoy, muchos meses después de que por última vez la viera, dio señales de vida.

Abro el correo y veo su nombre en la bandeja de entrada. Bosquejo una sonrisa. K…… Y no por los Special de Kelloggs. Su nombre evoca a tierras lejanas, a lugares de pieles tostadas y ojos rasgados, negros como el carbón, profundos, misteriosos… Y cuando los delinea con khol su mirada es como un enigma, te atrapa…

¿Cuándo podré volver a verla? ¿Por qué las personas que queremos están todas (o muchas) lejos? Buceo nombres en mi cabeza: Paula, Vandu, Alfredo, Maitena, Algenor, Pat, Bertxus, Lourdes, Elena & Helena, Gaurav, Dami, Nando, Belén, Ana, Colette, Álvaro, Mª Luisa, Luis, Gus, Ernst, Itxi, Antonio, Muani, Tito, Carol, Raúl, Isabel, Óscar, Mª Ángeles, Juanito, Piecitos, Sergi, Miguel, Marta, Adolfo, Ber, Vahag, Rafeta, Vincent, Tanuj, Ramiro, Raquel, Kike, Vibha, Claudia, Nacho, Níver, Lavi, María, Armando, Jorge, Juan, Laurie, Karine, Iker, Jorge, Consuelo, Rocío… Todos ellos me traen gratos recuerdos. Miro atrás y se suceden imágenes en mi cabeza…, momentos al lado de todos ellos. Algunos son amigos de toda la vida, con otros coincidí en un momento puntual de mi vida (clave o de lo más tonto) y desaparecieron…, otros son encuentros esporádicos, fortuitos… Pero por alguna mágica razón, algo que dijeron o hicieron permanece para siempre en mis recuerdos y ahora es parte de mí. Mío es ahora su legado. Me marcaron, dejaron su huella imborrable, una impronta que ha pasado a formar parte de mí, como si se tratase de una cicatriz o un lunar: para toda la vida… Hay un refrán que dice:


“Amigo que no presta y cuchillo que no corta, que se pierda poco importa”


¡Y qué suerte la mía - me digo - de contar que tannnnnnnntos que tannnnnnnto me dieron y/o me siguen dando!

Para toda la vida es mucho tiempo, sí, pero hay gente que queda y permanece para siempre. Amigos del jardín de infancia, profesores del colegio, un entrenador de baloncesto, camaradas de verano, encuentros en un bar o en un viaje, compañeros de trabajo, de la universidad, del master, de aquel verano en Suiza, primos, tíos, abuelos, tíos-abuelos, padres, hermanos… La lista es tan larga. Puede ser hasta un desconocido con el que te cruzaste en el metro. Y misteriosamente años después…, sigues acordándote de él.

A todos ellos, a todos los que crucé algún día y a todos los que están por cruzar, a todos los que no se han perdido: "Encantada; el gusto es mío". Yo no sería yo sin todos vosotros.

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Adáptate pero no te habitues

Ayer me lo confirmaron: me trasladan de nuevo. Cual mercancía de cambio me mandan de un sitio a otro, de ciudad a ciudad, de país a país, como quien muda de ropa interior.

Mi querido compañero de celda (despacho), con quien me traslado de la mano, me preguntaba: ¿Cómo te sientes? ¿Tienes “butterflies in the stomach”? Sí, así es, creo que empiezo a ponerme nerviosa.

En un instante, mi mente se ha disparado: tengo que ir al banco, sacar el dinero y cerrar la cuenta, ver qué me llevo y qué tiro o doy, pensar cómo lo voy a meter todo en la maleta (porque por alguna ley secreta que no consigo averiguar, las cosas se multiplican y siempre hace falta más maletas a la vuelta que a la ida). Y eso me hace pensar en mi amiga Ana, que se fue a Nueva York a hacer un curso y a la vuelta tuvo un pequeño “problema”: tuvo que comprarse OTRA maleta para traerse todas las compras. 58 kilos ni más ni menos para una semana. No está mal, Anita…

Tantas cosas que hacer… A las personales se unen las profesionales, ya que hay papeles y documentos que viajan conmigo; forman parte de la mudanza.

Pero no quiero acelerarme. Procuro ocupar mi mente en otras cosas: ayer me fui a correr y a la vuelta me quedé de charreta una hora con un amigo, hoy toca final de la Copa Libertadores, para la cual he prometido vestirme de negro y amarillo para apoyar al equipo uruguayo Peñarol y el viernes, degustación de vinos e ibéricos para mis amigos oriundos de medio mundo.

Y es que ya se sabe: “Adáptate pero no te habitues”

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Todo pasa

Según un antiguo cuento sufí un rey insatisfecho le pidió a un sabio que le ayudara a ser como él. El sabio le entregó un anillo que tenía grabada la siguiente inscripción “También esto pasará”.

¡Cuánta sabiduría hay en estas palabras! Así es: todo pasa.
Por fuerte, valioso, importante, poderoso que sea un sentimiento, un instante de tu vida, una situación, una persona…, pasará. La vida es tan relativa… Lo que tiene mucho valor para uno en un momento dado…, deja de tener sentido al cabo del tiempo.


La vida ha ido evolucionando durante millones de años y este avance es imparable. Hagamos lo que hagamos, sigue adelante. El plan de la vida, el maravilloso mundo de la existencia, sigue adelante contra viento y marea.


Hay personas que nos marcan en la vida, que su recuerdo es tan poderoso que parece imborrable, que nunca nos abandonará e incluso hace que vivamos ensoñados en el pasado en lugar de hacerlo en el presente. Y sin embargo, un día… ¡pasan! Ya no importan o al menos, no como antaño.


Una vez me enamoré de un hombre y solo pensar en él, incluso al cabo de meses y meses, hacía que me estremeciese. Una y otra vez escudriñaba en mis recuerdos para que se hicieran realidad, soñaba despierta y era como si pudiera sentirlo dentro. Ayer hablé con él. Dos veces: mañana y noche. Me alegré al escucharlo, pero aquel sentimiento impetuoso, alocado, aquella pasión que me embargaba antes…, había desaparecido. Por la mañana me pilló desprevenida y si bien noté que algo distinto me ocurría (no me volvía medio tarumba al oírlo al otro lado del aparato), no supe con certeza qué era. Pero por la noche me quedó claro: había pasado.


Todo lo que empieza, acaba. Todo pasa. Todo: lo bueno y lo malo. Por fortuna, diría yo. ¿Vuelve lo que pasa? – me pregunto. Yo creo que no. A veces se repite el protagonista o algunas circunstancias, pero ya no es exactamente lo mismo, es otro cantar. Es otra cosa la que vuelve. Otra historia, que también pasará…

Como una princesa

Ayer cogí un vuelo transatlántico. Crucé el charco de este a oeste con nuestra querida Iberia. Como no soy de la “capi”, tuve que hacer conexión en Madrid y por supuesto, a toda pastilla, de terminal a terminal, para no perder el enlace. Pero llegué a tiempo. Por los pelos…

Desconozco si fue a raíz de mi demora, por haber hecho el check-in online o porque así lo quisieron los hados, pero al entregar al azafato mi pasaporte y mi billete me dijo el susodicho: “Señora, pase usted por Business”. Y yo, sin rechistar ni interponer media pregunta, muy obediente, me dirigí al pasillo de la izquierda que iba directamente a la parte delantera del avión, a Business class. Asiento 1D. Super-asiento. Mega-asiento. ¡Pero si es más grande que el sofá de mi casa!

Durante las 8 horas y media que duró el vuelo, no paré de sonreír. El azafato que atendía mi sección debió pensar que quería “algo” con él. Gracias, gracias, repetía yo sin cesar. ¿Qué desea tomar de aperitivo? ¿Le apetece unas aceitunas o unas almendras para acompañar? Síiiiiiiii, por favor. Gracias. No dejé pasar una. Mantel y servilleta de hilo, toalla humedecida (de algodón, no de papel) para limpiarte las manos, selección de vinos, menús preparados por 4 chefs españoles galardonados cada uno con 2 estrellas Michelin (Paco Roncero, Dani García, Ramón Freixa y Toño Pérez), amplia selección de películas, neceser de viaje con todos los adminículos necesarios de aseo y descanso: antifaz, tapones para las orejas, coletero, calcetines, hidratante labial y corporal, colonia, cepillo de dientes y de pelo… y lo mejor: la butaca, el asiento o mega/super-asiento. Reclinable hacia la derecha, la izquierda, delante, detrás, vibrante por el respaldo, extensible… Convertible en cama, vamos.

¿Ha tenido usted un buen viaje, señora? – me pregunta el azafato antes de aterrizar. “Bueno no, buenísimo – le digo. Como una princesa”.

Vi “Soy el Número Cuatro”, acabé de leer “Un nuevo mundo, ahora” de Eckhart Tolle y empecé “El sueño del celta” de Mario Vargas Llosa, dormí una buena siesta, comí y bebí opíparamente y me puse encima todos los potingues del kit de aseo.

Ya estoy pensando cuándo me compro un nuevo billete y regreso a España a ver si cae la misma breva. Pienso repetir, por si las moscas, todos los pasos: billete online, embarcar la última… Ha sido la primera ve en 35 años que me ocurre, pero quizá no la última… Voy a ir ojeando www.tictoc-tictoc.com por si encuentro una oferta que me seduzca…

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Más vale tarde que nunca


La vida tiene sorpresas de lo más inesperadas. Pensaba que las relaciones interpersonales, una vez se establecen, no cambian. Que una vez se reparten los roles, es difícil cambiarlos. Pero la experiencia me enseña que estaba equivocada. Las relaciones, como las personas, cambian, evolucionan. Recientemente me ha ocurrido con mi padre.
Esta semana he tenido la suerte de irme unos días con él a la playa, donde reside desde que se ha jubilado. Es el apartamento de verano de toooooooooooooooda la vida, donde he pasado toooooooooooooooooodos los veranos jugando, corriendo, saliendo…, donde tenía y tengo miles de amigos (algunos del alma, como el que probablemente me esté leyendo en este preciso instante. Sí, tú, querido A).
No es la primera vez que me voy con mi padre al apartamento. Ha habido muchas otras, pero es la primera vez que surge entre nosotros este algo tan especial que entre todo padre e hija debería haber. Durante cuatro días he bajado a la playa, paseado, tomado un baño de salitre y hecho jogging por el paseo, junto al pedaleo de mi padre en la bicicleta que ha sido todo un nuevo acontecimiento. Y es que mi padre es otro: no solo va ahora en bicicleta, sino que se cuida. Sí, sí, puede parecer trivial, pero es todo un cambio de rumbo en su vida: hace ejercicios con pesas por la mañana, pasea en bicicleta, va a andar con sus nuevas MBT, come sano (ensaladas, pescadito y hervidos básicamente), duerme siesta, no bebe alcohol… En fin, ¡que es otra persona!
Hemos hablado sobre el bien y el mal, sobre la vida, sobre nosotros y los seres más cercanos (mi madre, mis hermanos, mi familia, vamos). Hemos visto la película del mediodía hasta caer fritos en el sofá y echarnos a pierna suelta la siesta, hemos plantado y podado flores, hemos ido de tiendas y sobretodo, hemos disfrutado con la compañía del otro. Cuando no has tenido algo en 35 años y de repente la Vida te lo da, es todo un Regalo y hay que aprovecharlo. Aunque como todo en la vida, lo bueno es breve y dura poco. Mi padre citaría a Heráclito “Todo fluye, nada permanece”, ya que desde que tiene a los clásicos griegos de libro de cabecera no hay conversación que no sentencie con una cita antigua. Yo me quedo con el refranero español y la expresión “Más vale tarde que nunca”.

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