La vida tiene sorpresas de lo más inesperadas. Pensaba que las relaciones interpersonales, una vez se establecen, no cambian. Que una vez se reparten los roles, es difícil cambiarlos. Pero la experiencia me enseña que estaba equivocada. Las relaciones, como las personas, cambian, evolucionan. Recientemente me ha ocurrido con mi padre.
Esta semana he tenido la suerte de irme unos días con él a la playa, donde reside desde que se ha jubilado. Es el apartamento de verano de toooooooooooooooda la vida, donde he pasado toooooooooooooooooodos los veranos jugando, corriendo, saliendo…, donde tenía y tengo miles de amigos (algunos del alma, como el que probablemente me esté leyendo en este preciso instante. Sí, tú, querido A).
No es la primera vez que me voy con mi padre al apartamento. Ha habido muchas otras, pero es la primera vez que surge entre nosotros este algo tan especial que entre todo padre e hija debería haber. Durante cuatro días he bajado a la playa, paseado, tomado un baño de salitre y hecho jogging por el paseo, junto al pedaleo de mi padre en la bicicleta que ha sido todo un nuevo acontecimiento. Y es que mi padre es otro: no solo va ahora en bicicleta, sino que se cuida. Sí, sí, puede parecer trivial, pero es todo un cambio de rumbo en su vida: hace ejercicios con pesas por la mañana, pasea en bicicleta, va a andar con sus nuevas MBT, come sano (ensaladas, pescadito y hervidos básicamente), duerme siesta, no bebe alcohol… En fin, ¡que es otra persona!
Hemos hablado sobre el bien y el mal, sobre la vida, sobre nosotros y los seres más cercanos (mi madre, mis hermanos, mi familia, vamos). Hemos visto la película del mediodía hasta caer fritos en el sofá y echarnos a pierna suelta la siesta, hemos plantado y podado flores, hemos ido de tiendas y sobretodo, hemos disfrutado con la compañía del otro. Cuando no has tenido algo en 35 años y de repente la Vida te lo da, es todo un Regalo y hay que aprovecharlo. Aunque como todo en la vida, lo bueno es breve y dura poco. Mi padre citaría a Heráclito “Todo fluye, nada permanece”, ya que desde que tiene a los clásicos griegos de libro de cabecera no hay conversación que no sentencie con una cita antigua. Yo me quedo con el refranero español y la expresión “Más vale tarde que nunca”.
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