21 de abril de 2011

Y, ¿quién me cuida a mí?

Una vez un amigo uruguayo me dijo que no me dejaba cuidar. ¿Qué no me dejo cuidar? ¡Claro que sí! Todo empezó porque, estando en la playa, me preguntó qué quería beber y le dije que no se preocupara, que ya me servía yo. Me puse como una fiera y discutí con él y al final acepté a regañadientes que me trajese algo para tomar “¡Dale, ponme un vaso de agua!”.

Ha pasado más de un año desde entonces y ahora entiendo lo que me quiso decir. Me educaron para ser una mujer independiente, liberal, para ganarme mis cuartos y pagarme mis copas, para ser fuerte y valerme por mí misma. Y lo aprendí, claro. ¡Y cómo! A rajatabla. Durante años no dejé que me invitasen a una copa, al cine o a una cena. Siempre pagué mi mitad. Igualdad. Nunca dejé que me abrieran una puerta y me cediesen el paso y martiricé a quien intentó ser cortés y caballeroso conmigo. Tampoco consentí en que llevasen mis maletas y en más de una ocasión casi me hernio..

Lo hice todo por los demás, pero fallé en una cosa: no dejé que los demás lo hiciesen conmigo. Apliqué la vara de medir de distinta manera: bajita para los demás, muy alta conmigo. El resultado está a la vista: nadie me cuida. Y quien lo intentó, fracasó, porque no se lo consentí..

Pero rectificar es de sabios y pienso remediarlo. A partir de hoy voy a pensar más en mi y voy a dejar que me cuiden, que me inviten, que me asistan, miman y protejan. Voy a convertirme en princesita, ¡y de las delicadas!, y a quejarme si me ponen un guisante debajo del colchón porque me produce dolor de espalda. Nunca es tarde si la dicha es buena..

Con un objetivo tan ambicioso, seguro que fracaso. Pero debo apuntar alto para que el tiro no me salga por la culata. Veremos el resultado. 

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