Hace una semana que me digo que debo ir a la psicoanalista o, como dicen aquí, el staff counselor. Estoy que no me aguanto.
He canalizado mi ira en un blanco, a mí modo de ver, muy "facilón":
He canalizado mi ira en un blanco, a mí modo de ver, muy "facilón":
¡¡¡los hombres!!!
Todos me parecen inmorales, faltos de principios, mujeriegos e incluso puteros (perdonad la expresión, pero omitirla sería atenuar no sólo mi punto de vista, sino también la mala leche que se hizo dueña de mi alma). A la que me cuentan entre risas, normalmente durante la comida, la bravuconería o conquistas de algún compañero (y os aseguro que hay muchas…), salto a modo de resorte y empiezo con una retahíla de improperios y palabras soeces. Hijos de…, malnacidos, p-ll- bobas y demás soeces que me vienen a la lengua como si llevaran toda una vida esperando a ser pronunciadas.
No hay macho en la contornada que no deje pasar una ocasión si se la pintan calva. No tengo nada que objetar de los solteros (¡¡¡vivid, vivid, aprovechad, que la vida son dos días!!!), ¿pero y los casados? Y es que casi todos tienen pareja en mi círculo.
Libre como un pájaro que soy, me encuentro incapaz de empezar ninguna relación con nadie. Y es que ya no me fío ni de mi sombra. Supongo que es lo que nos pasa a todos cuando nos meten un golazo. Las siguientes veces, antes de saltar, te lo piensas dos veces. Es una pena, pero así es. Mecanismos de defensa. Nadie quiere sufrir. Algo ha cambiado en mi interior y cuando algún susodicho se aproxima me digo: ¿con cuántas habrá estado éste? Y es que me muevo en un círculo en el que la promiscuidad o mezcla desordenada de relaciones sexuales de una persona con muchas otras, adquiere cotas alarmantes.
El sábado fui a la playa. Estaba Rodolfo, que me encanta, y ¡oh, sorpresa!, su mujer rondaba a su vera. “Aaaaaaaaaah – le dije. No sabía que tu mujer estuviese aquí”. Su contestación fue difusa. A diferencia de nuestra relación habitual, ese día casi ni me dirigió la palabra.
Hoy lo he visto en la oficina y es el de siempre. “Hummmmmmm, no estás muy morena para haber estado en la playa. Y eso que tu mini-bikini lo dejaba todo al descubierto… Por cierto, que te quedaba muy bien. Haces algún deporte…?” Y yo no he pidido evitar pensar en su mujer y en la conversación que tuve con ella, en la que me hablaba de lo difícil que había sido seguirle por medio mundo, renunciar a su carrera, la responsabilidad de cuidar de sus hijos a solas…
¿Soy yo la que tiene que ir al counselor o los demás? Quizás exagere, pero algo se retuerce en mi interior cuando lo pienso. Si Rodolfo es de la liga de los “buenos”, de los que no se tiran a lo que se ponga a su alcance, imaginaros el resto… Peter, otro compañero de la oficina, me decía hoy enseñándome un coche: “¿Qué le voy a hacer si mis dos pasiones son los coches y las mujeres?”. No sé, querido. Quizá no haya solución y esté todo perdido, pero duele pensar así. Me resisto.
Quizás tan solo sea la rabia de saber que Rodolfo, con quien me gustaba tontear en el café, también está “cogido” y solo quedan los Peters de turno.
No hay macho en la contornada que no deje pasar una ocasión si se la pintan calva. No tengo nada que objetar de los solteros (¡¡¡vivid, vivid, aprovechad, que la vida son dos días!!!), ¿pero y los casados? Y es que casi todos tienen pareja en mi círculo.
Libre como un pájaro que soy, me encuentro incapaz de empezar ninguna relación con nadie. Y es que ya no me fío ni de mi sombra. Supongo que es lo que nos pasa a todos cuando nos meten un golazo. Las siguientes veces, antes de saltar, te lo piensas dos veces. Es una pena, pero así es. Mecanismos de defensa. Nadie quiere sufrir. Algo ha cambiado en mi interior y cuando algún susodicho se aproxima me digo: ¿con cuántas habrá estado éste? Y es que me muevo en un círculo en el que la promiscuidad o mezcla desordenada de relaciones sexuales de una persona con muchas otras, adquiere cotas alarmantes.
El sábado fui a la playa. Estaba Rodolfo, que me encanta, y ¡oh, sorpresa!, su mujer rondaba a su vera. “Aaaaaaaaaah – le dije. No sabía que tu mujer estuviese aquí”. Su contestación fue difusa. A diferencia de nuestra relación habitual, ese día casi ni me dirigió la palabra.
Hoy lo he visto en la oficina y es el de siempre. “Hummmmmmm, no estás muy morena para haber estado en la playa. Y eso que tu mini-bikini lo dejaba todo al descubierto… Por cierto, que te quedaba muy bien. Haces algún deporte…?” Y yo no he pidido evitar pensar en su mujer y en la conversación que tuve con ella, en la que me hablaba de lo difícil que había sido seguirle por medio mundo, renunciar a su carrera, la responsabilidad de cuidar de sus hijos a solas…
¿Soy yo la que tiene que ir al counselor o los demás? Quizás exagere, pero algo se retuerce en mi interior cuando lo pienso. Si Rodolfo es de la liga de los “buenos”, de los que no se tiran a lo que se ponga a su alcance, imaginaros el resto… Peter, otro compañero de la oficina, me decía hoy enseñándome un coche: “¿Qué le voy a hacer si mis dos pasiones son los coches y las mujeres?”. No sé, querido. Quizá no haya solución y esté todo perdido, pero duele pensar así. Me resisto.
Quizás tan solo sea la rabia de saber que Rodolfo, con quien me gustaba tontear en el café, también está “cogido” y solo quedan los Peters de turno.
¡¡¡Horrorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, nooooooooo!!!!
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