Estoy leyendo un libro de Nietzsche que me tiene absorta del todo. Viene a decir, entre otras cosas, que el hombre superior se definiría por la fuerza de sus instintos y su capacidad de dominarlos. Hummmm. Muuuuuuuuuy interesante. Capacidad de dominarlos… ¡Cuánta razón tenía este tipo en algunas cosas ya en el siglo XIX!
Abogaba nuestro amigo por la intensificación de todos los instintos y afectos poderosos (y a mí me vienen a la cabeza mil historias personales), lo que implica admitir la presencia del riesgo y del peligro. Peligro, ¡ufffffffffff, a la vuelta de cada esquina! Pero no soy miedosa. Y es que la vida es una ruleta rusa. Unos deciden mantenerse a raya de ella, bien lejos, ya que quien apuesta puede perderlo todo. Yo hace tiempo que lancé mi primer órdago. Y tengo claro que no será el último. Unas veces he perdido y otras ganado, pero al menos fui consecuente con mis pasiones, con mis instintos, con mis sentimientos y con mis actos. Hay otros que adoptan posturas más tradicionales, no por ello menos lícitas. Lo importante es que cada uno conozca las reglas y decida, sopesándolo todo, si juega o no.
Pensaba el filósofo alemán que la regla de conducta es “dominar las pasiones, no debilitarlas ni extirparlas”. La regla de potenciar las pasiones debe entenderse como un favoritismo de unos apetitos en detrimento de otros (no somos animales o si lo somos, “superiores”; hay que seleccionar). Es suficiente con que lo malo se modere y se domine, pero sin reprimirlo. ¡Y mira que son muchas las veces que nos reprimimos...! ¿Para qué? – me digo. Tantas son ya las ocasiones que he escuchado de la boca de algún amigo mayor el arrepentimiento que le produce no haber hecho tal o cual cosa que me digo a mí misma que ante la duda, voy a lanzarme. Saldrá bien o mal, pero no me quedaré con la duda toda la vida.
Siento, sufro, río, odio, me desespero, grito, amo, me deleito; escucho a mis instintos y no me avergüenzo de ellos y lucho día a día, con férrea disciplina, por ser un poquito mejor. Humana de tomo y lomo, me equivoco todos los días, pero con la misma facilidad con la que meto la gamba me pongo en pie de nuevo y comienza otro día. La vida sería más fácil sin los torrentes pasionales que en ocasiones se apoderan de nosotros. Hoy, sin ir más lejos, sentía ganas de liarme a trompazos con el primero que se me pusiera delante (“venga, cobardes… ¿a ver quién es el gallito que se acerca hoy…? Jajaja). Descargué mi ira en la pista de atletismo, yendo a correr. Dominación controlada de las pasiones… Pero esa lucha interna, ese autodominio que debo ejercer sobre mis instintos para dominarlos tiene su recompensa, y es que me hacen sentir que llevo las riendas de mi vida, o al menos lo intento. Todos los días me equivoco o me pierdo en algún cruce, pero lo importante es que siempre hay camino adelante y el viaje es de lo más intenso. Siento con pasión, ímpetu y desenfreno y doy gracias a la vida de poder ser capaz de apreciar todo esto que es la VIDA y que me encanta.
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Abogaba nuestro amigo por la intensificación de todos los instintos y afectos poderosos (y a mí me vienen a la cabeza mil historias personales), lo que implica admitir la presencia del riesgo y del peligro. Peligro, ¡ufffffffffff, a la vuelta de cada esquina! Pero no soy miedosa. Y es que la vida es una ruleta rusa. Unos deciden mantenerse a raya de ella, bien lejos, ya que quien apuesta puede perderlo todo. Yo hace tiempo que lancé mi primer órdago. Y tengo claro que no será el último. Unas veces he perdido y otras ganado, pero al menos fui consecuente con mis pasiones, con mis instintos, con mis sentimientos y con mis actos. Hay otros que adoptan posturas más tradicionales, no por ello menos lícitas. Lo importante es que cada uno conozca las reglas y decida, sopesándolo todo, si juega o no.
Pensaba el filósofo alemán que la regla de conducta es “dominar las pasiones, no debilitarlas ni extirparlas”. La regla de potenciar las pasiones debe entenderse como un favoritismo de unos apetitos en detrimento de otros (no somos animales o si lo somos, “superiores”; hay que seleccionar). Es suficiente con que lo malo se modere y se domine, pero sin reprimirlo. ¡Y mira que son muchas las veces que nos reprimimos...! ¿Para qué? – me digo. Tantas son ya las ocasiones que he escuchado de la boca de algún amigo mayor el arrepentimiento que le produce no haber hecho tal o cual cosa que me digo a mí misma que ante la duda, voy a lanzarme. Saldrá bien o mal, pero no me quedaré con la duda toda la vida.
Siento, sufro, río, odio, me desespero, grito, amo, me deleito; escucho a mis instintos y no me avergüenzo de ellos y lucho día a día, con férrea disciplina, por ser un poquito mejor. Humana de tomo y lomo, me equivoco todos los días, pero con la misma facilidad con la que meto la gamba me pongo en pie de nuevo y comienza otro día. La vida sería más fácil sin los torrentes pasionales que en ocasiones se apoderan de nosotros. Hoy, sin ir más lejos, sentía ganas de liarme a trompazos con el primero que se me pusiera delante (“venga, cobardes… ¿a ver quién es el gallito que se acerca hoy…? Jajaja). Descargué mi ira en la pista de atletismo, yendo a correr. Dominación controlada de las pasiones… Pero esa lucha interna, ese autodominio que debo ejercer sobre mis instintos para dominarlos tiene su recompensa, y es que me hacen sentir que llevo las riendas de mi vida, o al menos lo intento. Todos los días me equivoco o me pierdo en algún cruce, pero lo importante es que siempre hay camino adelante y el viaje es de lo más intenso. Siento con pasión, ímpetu y desenfreno y doy gracias a la vida de poder ser capaz de apreciar todo esto que es la VIDA y que me encanta.
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