Recuerdo que de pequeña era bastante miedosa. En parte, lógico. Vivía en una casa muy grande. Para que os hagáis una idea, sólo el lavadero era como un apartamento de hoy en día. El porche, que estaba al lado del lavadero, era tan grande como la casa en la que actualmente vivo, y así el resto de las habitaciones… Dimensiones descomunales… Unos 1.000 m2 de casa.
Recuerdo con horror que me mandasen al lavadero: si no conseguía que me acompañasen, me armaba de valor y a cien por hora, con el corazón desbocado, llegaba, cogía lo que me habían pedido y volvía al punto de paertida. El miedo me paralizaba, no era libre.
Afortunadamente, el miedo sin sentido, ha desaparecido de mi vida. A mis hijos he procurado educarles sin miedo. Creo lo que he conseguido.
Recientemente he hecho un viaje con amigos. Como voy sola, es decir, sin pareja, me ha llamado la atención la relación y manera de actuar de algunas de las parejas que viajaban conmigo. Necesitaban sentarse siempre juntos. Se cogían de la mano para entrar en cualquier lugar. Se requerían hasta para dar un paso…
Me preguntaba si esta manera de actuar era amor o simplemente dependencia absurda, miedos e incertidumbres. Al final me incliné por lo último. Está claro que quererse se quieren… 30 años son muchos años para estar juntos sin quererse. Pero con la edad que tenemos, ¿era necesaria esa manera de actuar? Va a ser que no.
El miedo nos conmina a poner nuestro destino en manos de otras personas, negando nuestra propia libertad y en definitiva, nuestra debilidad.
El miedo es una deformación de aquello que nos hace libres.
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