El hombre y sus circunstancias que decía Ortega i Gasset. ¡Y cuánta razón tenía el tipo! Venía pensando el otro día en lo chistoso de las ocasiones. Las mujeres somos unos verdaderos camaleones, capaces de convertirnos en cualquier cosa cuando tenemos un propósito, un objetivo, un target que dicen los ingleses. Por descontado que cada cual tiene su estilo, sus preferencias, los complementos que le van, los colores que le favorecen (aunque en esto de los colores, debo hacer un inciso y decir que yo me los pongo todos, me da lo mismo, aunque eso sí, tiene que ser en la combinación que me resulte grata a la vista, y en esto sí que soy una pejiguera de mucha monta). Pues eso, que como iba diciendo resulta despampanante y asombroso y no deja de fascinarme este sexto sentido que hemos venido desarrollando para gustar a los hombres.
Sin ser yo muy ducha en estas tretas (más bien, nunca he salido de “caza” y más bien salía despavorida del que me atraía - mecanismos de defensa que una implanta sin darse cuenta), reconozco que consciente o inconscientemente, en algunas ocasiones las he usado. Por ejemplo, recuerdo una vez que me enamoré profundamente (cosa de unos pocos días, pero en aquel momento me pareció algo intenso y sincero, muy verdadero) de un policía nacional. Ja! Para desternillarse ahora que lo pienso. El susodicho era alto, muy alto, suuuuuuuuuuuuuuuuúper alto…, y yo para compensarlo me calzaba unos tacones de vértigo con los que andaba inclinada en ángulo de 85 grados hacia delante, el culo en pompa hacia atrás (para compensar - cosa de equilibrio) y daba pasos de anca. Y todavía me pregunto por qué no lo enganché. ¡Ja, qué graciosa me pongo cuando me lo propongo! No, pero en serio, allá que iba yo con unos stilettos y plataformas dignas de mención y admiración por parte de mis congéneres y parecía que el mundo se postrase ante mí. Yo, Diana cazadora, diosa romana alabada por su fuerza, gracia atlética, belleza y habilidades en la caza.
Y hete aquí que por una de esas del destino me levanté un lunes cualquiera y el susodicho madero se convirtió ante mis ojos en un pequeño y diminuto, insignificante mequetrefe de tres al cuarto. Dejó de interesarme. Su relevo lo tomó otro señor, marino esta vez (últimamente me ha dado por los uniformes…, debe ser un trauma de la infancia, pues nunca me mandaron a un colegio de monjas y siempre soñé con llevar uno de esos trajecitos y vestir como todas mis amigas), bajito de estatura, “pituso” que dicen los argentinos, y cambié mis agujas por manoletinas y bailarinas a ras de suelo. ¡Verlo para creerlo! Y todo visto y no visto, tan rápido como lo que tarda el lunes en dejar paso al martes.
Y sí, así fue. Y así ha sido muchas otras veces. Venga, reconocedlo… ¿Quién no se ha enfundado alguna vez en un traje a presión, más apretado que un condón, para atraer a su “objetivo”? ¿Y todas esos roles que nos dan a lo largo de nuestra vida, ya sea como mujer sensual, “femme fatale”, mujer dulce y femenina, mujer go-go, mujeres de todo tipo o como dice muy bien Joaquín Sabina: “mujeres veneno, mujeres imán, mujeres de fuego y helado metal, mujeres consuelo, mujeres fatal”…?(* ver enlace)
Hay que reconocerlo: somos unas expertas en disfrazarnos y convertirnos en aquello que pensamos que los demás van buscando. Somos todas unas auténticas Drag Queens. Tan solo hay que mirar las fotos tomadas unos años atrás y ¡oh, Dios santo!, ¿pero cómo me dejasteis salir a la calle de semejante guisa?
Pero es parte de vivir. Regenerarse o morir. Hay que ir quemando etapas, descubriéndose a una misma hasta encontrarse y saber lo que una es. Recuerdo una de mis fases, quizá la más radical, en la que me dio por “todo natural. Yo soy así y o me toman o me dejan. A quien no le guste, que no mire”. Recuerdo la primera noche que pasé con mi marido. Llevaba unos pelos en las axilas de miedo. Mata. Bosque cerrado. Al principio me entró un ataque de pánico, pensando que iba a salir corriendo en cuanto me quitase el top. Pero no. Se quedó. Meses más tarde me confesó que se quedó, sí, pero ¡perplejo!, alucinado ante semejante panorama y que pensó: “¡Uyyyyyyyyy, una hippy!”. ¡Cuánto nos hemos reído después con esa historia!
Ahora que soy más vieja y estoy más “cascada” me cuido un poco más. Cremitas para las arrugas, otra para las bolsas, mascarillas, limpiezas de cutis (porque sí, a los 34 una sigue con las manifestaciones propias del acné: espinillas, pústulas (granos) o pápulas, hay que jxxxxxx) y demás ungüentos de dudosa eficacia. Y presto mayor atención a mi atuendo: falda sí, pero no muy corta para no mostrar mis rodillas adiposas; pantalón también, pero no de cintura baja porque soy paticorta. Ja, ja, ja.
Pero no nos traumaticemos y pongamos remedio a nuestros pocos males (que no son tales si los consideramos con lo que hay ahí fuera). Aquí os paso algunos consejos:
1) Me quiero mucho a mí misma y soy maravillosa;
2) No soy Claudia Schiffer (ni ganas) y me requetechifla como me veo;
3) Mido 85 – 70 – 100 y valgo mi oro en peso. Ya muchas quisieran…
4) La belleza está en el interior (y en el exterior también). Por dentro he llegado a tal grado de perfección que no hay nada más que pueda hacer. Por fuera me entretengo y autosometo a tratamientos de belleza de todo tipo (algunos hasta dolorosos. Uyyyyyyy esa depilación láser en las ingles. Ayyyy, ayyy!!!) tan sólo por agradar al resto. ¡¡¡Para qué luego digan que no soy altruista!!!
5) Realmente me importa un comino las bragas que me pongo, pero si Federico va a estar más contento con mi lencería felina, ¿cómo negarme a darle semejante placer? ¡Cuesta tan poco hacer feliz al prójimo…!
6) Que me gusta ir de tiendas en mentira cochina. La responsabilidad habría que pedírsela a los hombres, que se dejan engañar por estas menucias sin mirar más allá. Si tuviesen dos dedos más de frente y supiesen valorar las cosas que de verdad cuentan, ¿quién iba a pasarse horas haciendo cola en una tienda para llegar a la cajera?
Desgraciadamente nuestros partenaires son a menudo así, por lo que toca “entrar al trapo” y ponerse a la misma altura: si hay que comprarse los zapatos de moda, los pendientes a juego y el traje de turno…no seré yo quien rompa las reglas. “O jugamos todos o rompemos la baraja”. Yo, de momento, juego. Porque jugar es vivir. ¡¡¡¡¡Y cómo me gusta este juego!!!!!
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